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La farra de las bolsas
plásticas
(André Trigueiro, posgraduado en medio ambiente, periodista, redactor y
presentador periodistico de la TV-Globo)
Creo que uno de los
primeros regalos que recibí de mis suegros en Viena fueron 2 bolsos de algodón
para ir al supermercado. Después comprendí. Los supermercados, farmacias y buena
parte del comercio minorista embalan en bolsitas todo lo que pasa por la caja
registradora. No importa el tamaño del producto que se tenga a mano, aguarde
porque él será embalado en una bolsita plástica. Lo peor es que eso ya fue
incorporado en nuestra rutina como algo normal, como si el destino de cada
producto comprado fuese una bolsa plástica... Nuestra dependencia es tan grande
que cuando no está disponible acostumbramos reaccionar con reclamaciones
indignadas. Quien recusa el envase de plástico es considerado, por lo menos,
exótico. El otro día fui a comprar hojas de afeitar a una farmacia y me deparé
con una situación curiosa: la compra de las hojas de afeitar cabía perfectamente
en mi bolsillo. Mi plan era llevarlo así a casa. Pero en un gesto automático, la
funcionaria registró la compra y enfiló rápidamente la mísera compra en una
bolsa donde cabrían seguramente otras diez. Por las razones que explicaré abajo,
recusé gentilmente el envase.
La plasticomanía
viene tomando cuenta del planeta desde que el inglés Alexander Parkes inventó el
primer plástico, en 1862. El nuevo material sintético redujo los costos de los
comerciantes e incrementó la saña consumista de la civilización moderna. Pero
los estragos causados por el derrame indiscriminado de plásticos en la
naturaleza volvió al consumidor en un colaborador pasivo de un desastre
ambiental de grandes proporciones. Hechos de resinas sintéticas originadas del
petróleo, esas bolsas no son biodegradables y demoran siglos para descomponerse
en la naturaleza. Usando el lenguaje de los científicos, esas bolsitas estan
hechas de cadenas moleculares inquebrables, y es imposible definir con precisión
cuanto tiempo llevan para desaparecer en medio natural. En el caso específico de
las bolsas de supermercado, por ejemplo, la materia prima es el
plástico-película, producido a partir de una resina llamada polietileno de baja
densidad (PEBD).
En Brasil son
producidas 210 mil toneladas anuales de plástico-película, que ya representa
9,7% de todo la basura del país. Abandonados en basureros, esas bolsas plásticas
impiden el pasaje del agua, retardando la descomposición de los materiales
biodegradables, y dificultan la compactación de los deshechos. Esa realidad que
tanto preocupa a los ambientalistas en Brasil, ya justificó cambios importantes
en la legislación - y en la cultura - de varios países europeos. En Alemania,
por ejemplo, la plasticomanía dió lugar a la bolsamania (cada uno llevando su
propia bolsa). Quien no anda con su propia bolsa en bandolera para llevar las
compras es obligado a pagar una tasa extra por el uso de bolsas plásticas. El
precio es salado: el equivalente el sesenta centavos la unidad. La guerra contra
las bolsas plásticas ganó fuerza en 1991, cuando fue aprobada una ley que obliga
a los fabricantes y distribuidores de embalajes aceptar de vuelta y a reciclar
sus productos tras el uso. Y qué hicieron los empresarios? Repasaron
inmediatamente los costes para el consumidor. Además de antiecológico, resultó
mucho más caro usar bolsas plásticas en Alemania.
En Irlanda, desde
el 1997 se paga un impuesto de nueve centavos de libra irlandesa por cada bolsa
plástica. La creación de la tasa hizo multiplicar el número de irlandeses yendo
a las compras con sus propias bolsas de paño, de paja, y mochilas.
En toda Gran
Bretaña la red de supermercados CO-OP movilizó la atención de los consumidores
con una campaña original y ecológica: todas las tiendas de la red tendrán sus
productos embalados en bolsas plásticas 100% biodegradables. Hasta diciembre de
este año, al menos 2/3 de todos las bolitas usadas en la red serán hechos de un
material que, según tests en laboratorio, se descompone dieciocho meses después
de descartado. Con un detalle interesante: si por casualidad no hubiere contacto
con el agua, el plástico se disuelve exactamente así, porque sirve de alimento
para microorganismos encontrados en la naturaleza.
No hay disculpas
para que nosotros brasileños no estemos igualmente preocupados con la
multiplicación indiscriminada de bolsas plásticas en la naturaleza. El país que
ubicó a Río-92 (Conferencia Mundial de la ONU sobre Desarrollo y Medio
Ambiente), y que tiene una de las legislaciones ambientales más avanzadas del
planeta, todavía no despertó para el problema del descarte de envases por regla
general, y de las bolsas plásticas en particular. La única iniciativa de
reglamentar lo que hoy acontece de forma aleatoria y caótica fue rechazada por
el Congreso en la legislatura pasada. El entonces diputado Emerson Kapaz fue el
relator de la comisión creada para elaborar la "Política Nacional de Residuos
Sólidos". Entre otros objetivos, el proyecto presentaba propuestas para la
destinación inteligente de los residuos, la reducción del volumen de basura en
Brasil, y definía reglas claras para que productores y comerciantes asumiesen
nuevas responsabilidades en relación a los residuos que descartan en la
naturaleza, asumiendo el encargo por la colecta y procesamiento de materiales
que degradan el medioambiente y la calidad de vida.
El proyecto
elaborado por la comisión no llegó a ser votado. No se sabe cuando será. Se sabe
sólo que no está en la pauta del Congreso... Omisión grave de nuestros
parlamentarios que no puede ser atribuida al mero olvido. Hay un lobby poderoso
en el Congreso trabajando en el sentido de vaciar ese conjunto de propuestas que
alcanza determinados sectores de la industria y del comercio. Hay que declarar
la guerra contra la plasticomanía y rebelarse contra la ausencia de una
legislación específica para la gestión de los residuos sólidos.
Hay
muchos intereses en juego. Cuál es el suyo?
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